¿Quién es qué de quién?Hace ya mucho tiempo que los mexicanos estamos seguros de que el nepotismo, el compadrazgo, el amasiato y el amiguismo es la fórmula exacta para ocupar altos puestos en los gobiernos, para los años recientes se han agregado las figuras como la servidumbre a megaempresarios, el puesto internacional a futuro y hasta la narco-influencia.

La clase política mexicana practica fielmente los antiguos preceptos de que el político pobre es un pobre político, el que se mueva no sale, el que no tranza no avanza, el de cambiar para que todo siga igual, el de quítate tú para ponerme yo, frases todas que han permeado hasta las capas más bajas del aparato gubernamental y sus asociados.

En estos meses pasados hemos escuchado, oído o leído información verdaderamente estúpida, donde hasta los funcionarios más menores (valga la expresión) buscan manera de obtener jugo$o$ dividendos, sin el más mínimo decoro, en formas abusivas y descaradas. Pero, no se compara con quienes se creen dueños del poder, como los senadores, diputados, secretarios de estado o gobernadores y mucho menos con quienes tienen relaciones de interés más allá de la “simple” política.

Un empresario televisivo participando de reunión en un futuro gabinete presidencial, gobernadores celebrando convenios de interés personal mientras si estado se deshace en pobreza y catástrofes naturales, senadores de corrupto pasado mofándose de quienes los critican, diputados sintiéndose iluminados por algún extraño dios y señalándose a si mismos como predestinados para gobernar, hasta regidores (oscuro puesto político) municipales que pretenden que todos se plieguen a sus designios y les provean de dinero, alimentos o alguna otra merecidísima prebenda.

Bueno, el colmo de las acciones de poder es que hasta los ombudsman, esos esforzados personajes cuyo trabajo es defender a la ciudadanía de los excesos de autoridad por parte de los entes de gobierno, utilizan las instituciones como su coto personal de gozo y exceso, poniendo sus favores al mejor postor (y al gobierno al que se debe).

Los políticos mexicanos se atacan con verdadera saña, se tachan de traidores, espías, ladrones, sinvergüenzas, fascistas, comunistas, narcos; son capaces de entrar en luchas campales dentro de sus sagrados recintos, picarse los ojos, rasguñarse las costillas, meterse de cachetadas, denunciarse ante las autoridades competentes (lo que sea que eso signifique)… hasta que termina la sesión del día, la conferencia de prensa, la comparescencia, el discurso, el evento o se retira la denuncia, después de ello vuelven a su estado original que es estar pensando que nuevo sainete inventan, porque las decisiones sobre los temas fundamentales para la nación no los toman ellos.

Los políticos nacionales (sin olvidarnos de los ombudsman) cumplen sin chistar las órdenes que les son enviadas ya sea por los oligarcas del país o internacionales, crear las leyes que les dictan los auténticos dueños del poder y ejecutarlas sin análisis, leer discursos que ellos no crearon y de los que no tienen idea de lo que contienen, así como gritar a diestra y siniestra que están salvando a la nación de peligros que todos sabemos inexistentes.

Mientras todo eso sucede, la clase política recoge los pingües beneficios que les arroja el hacer relaciones con personajes adinerados, sean empresarios, narcos y hasta religiosos, esperando el premio mayor a futuro, ya sea enrolándose en la nómina de una compañía beneficiada, retirándose a vivir decentemente en el extranjero y, porque no, aspirando a una gubernatura o la presidencia, puestos que al fin y al cabo siempre han estado a disposición de amigos, compadres, socios o familiares.

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